Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Tal y como ya he contado anteriormente, como perro fijo del penal tuvimos a Shárik[82], un perro listo y bueno con el que yo siempre me llevé muy bien. Pero como en general el perro es considerado por el pueblo llano un animal impuro al que no hay que hacer ni caso, allí casi nadie prestaba atención a Shárik. Siempre a lo suyo, dormía en el patio, comía de las sobras de la cocina y no despertaba un interés especial en ningún sentido, aunque conocía a todo el mundo, y a todos en el penal nos consideraba sus amos. Cuando los presidiarios volvían del trabajo, al grito de «¡Cabo!», lanzado junto al cuerpo de guardia, salía corriendo al portalón, recibía amigablemente a cada cuadrilla, movía la cola y miraba a los ojos, de forma cariñosa, esperando al menos alguna caricia. Pero a lo largo de muchos años no obtuvo ni una sola caricia de nadie, excepto las mías. Por este motivo, a mí me quería más que a nadie. No recuerdo de qué modo apareció más tarde un segundo perro, Belka[83]. En cuanto al tercero, Kultiapka[84], yo mismo lo introduje en el penal: lo traje un día del trabajo, siendo todavía un cachorro. Belka era una criatura rara. Lo había atropellado una carreta, y tenía la espalda hundida, de modo que, cuando corría, desde lejos daba la impresión de que lo que corría era una pareja de animales blancos pegados el uno al otro. Además, era un perro con pinta de tiñoso, con ojos legañosos; el rabo lo tenía raído, sin un solo pelo casi, y siempre lo llevaba entre las piernas. Maltratado por el destino, parecía haberse resignado a su suerte. Nunca ladraba ni gruñía a nadie, como si no se atreviera a hacerlo. Pasaba casi todo el tiempo detrás de los barracones, por el pan; si veía a algún recluso, inmediatamente, desde cierta distancia, se tendía sobre la espalda, en señal de sumisión: «Haz conmigo lo que te apetezca, porque yo, ya ves, no pienso resistirme». Y cada vez que adoptaba esa postura, el recluso en cuestión le daba una patada o algo por el estilo, considerándolo un deber ineludible. «¡Toma, asqueroso!», le decían los reclusos. Pero Belka no se atrevía ni a quejarse, y, cuando no podía aguantar el dolor, emitía unos aullidos ahogados y lastimeros. Del mismo modo, también se tendía ante Shárik o ante cualquier otro perro, cuando tenía que salir por su cuenta fuera de la prisión. Una vez ocurrió que se había tendido, como siempre, en actitud sumisa, cuando un mastín orejudo se lanzó contra él gruñendo y ladrando. Pero a los perros les gusta la sumisión y la humildad en sus congéneres. El feroz perro se calmó de inmediato, se paró pensativo al lado del perro obediente que estaba tumbado ante él, patas arriba, y poco a poco, con gran curiosidad, empezó a olfatearlo por todo el cuerpo. ¿Y qué podría estar pensando en aquel instante Belka, todo tembloroso? «¿Se me echará encima este bandido?», se le debió pasar por la cabeza. Pero, después de olfatearlo detenidamente, el mastín decidió dejarlo, al no encontrar nada de particular interés en él. Belka se levantó de un salto y nuevamente se incorporó, renqueante, a la hilera de perros que acompañaba a un tal Zhuchka[85]. Y, aunque seguramente sabía que nunca tendría una relación estrecha con Zhuchka, el mero hecho de seguirlo cojeando a distancia constituía ya un consuelo para sus desgracias. Por lo que se ve, ya había dejado de preocuparse por su honor. Habiendo renunciado a cualquier posible carrera en el futuro, vivía pendiente únicamente de procurarse su pan, y era plenamente consciente de ello. Yo intenté acariciarlo una vez; fue para él algo completamente nuevo e inesperado, hasta el punto que de pronto se echó, se tendió con las cuatro patas contra el suelo, se puso a temblar con todo el cuerpo y empezó a gruñir ruidosamente de la emoción. Me daba pena, y muchas veces lo acariciaba. Pero él, cuando me veía, gruñía sin falta. Era verme desde lejos y empezar a gruñir sin descanso, de un modo excesivo y lastimero. La historia terminó cuando otros perros lo destrozaron en el terraplén del exterior del penal.