Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Totalmente distinto era el carácter de Kultiapka. No sabría decir por qué me lo traje al penal desde el taller cuando no era más que un cachorrillo aún ciego. Me agradaba darle de comer y criarlo. Shárik desde el primer momento tomó a Kultiapka bajo su protección y dormía con él. Cuando Kultiapka creció un poco, le permitía que le mordisqueara las orejas, que le tirara de los pelos y que jugara con él como suelen jugar los cachorros con los perros adultos. Lo raro de Kultiapka fue que apenas creció en altura, solamente lo hizo en longitud y anchura. Tenía un pelo lanudo, de color gris claro, algo ratonil; una oreja le caía hacia abajo, la otra apuntaba hacia arriba. Era de carácter impetuoso y entusiasta, como cualquier cachorro que, alegre porque ha visto a su amo, se pone a gruñir, a chillar, se le sube encima para lamerle la cara y se muestra dispuesto a dar rienda suelta a toda clase de sentimientos: «¡Con tal de que se note el entusiasmo, poco importa el decoro!». Daba igual dónde estuviera yo: al grito de «¡Kultiapka!» él aparecía de improviso desde cualquier rincón, como si saliera de debajo de la tierra, y con entusiasmo desbordante volaba a mi encuentro, rodando como una pelota y haciendo cabriolas de camino. Yo estaba como loco por ese pequeño monstruo. Se diría que el destino había dispuesto para su vida únicamente satisfacción y alegrías. Pero un buen día el preso Neustróyev, que se dedicaba a coser zapatos de mujer y a curtir pieles, se fijó especialmente en él. Algo despertó de pronto su interés. Llamó a Kultiapka, le pasó repetidamente la mano por el pelo, lo colocó boca arriba y lo estuvo sacudiendo cariñosamente. Kultiapka, sin desconfiar de nada, gruñía complacido. Pero a la mañana siguiente desapareció. Lo busqué mucho tiempo: se había esfumado sin dejar ni rastro; y sólo al cabo de dos semanas se aclaró todo: la piel de Kultiapka le había encantado a Neustróyev. Había desollado al perro, había preparado la piel y había forrado con ella unos botines de terciopelo, de invierno, que le había encargado la mujer del auditor. Hasta me enseñó los botines cuando estuvieron terminados. El pelo había quedado espléndido. ¡Pobre Kultiapka!