Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta En nuestro penal muchos se dedicaban al curtido de pieles y con frecuencia llevaban consigo perros de hermosos pelajes que desaparecían en cuestión de segundos. Algunos perros eran robados, a otros incluso los compraban. Recuerdo que una vez vi a dos reclusos por detrás de la cocina. Estaban muy atareados deliberando. Uno de ellos sujetaba con una cuerda un perro grande, magnífico, que tenía toda la pinta de ser de una raza valiosa. Algún lacayo canalla se lo había hurtado a su señor y se lo había vendido a nuestros zapateros por treinta kopeks de plata. Los reclusos se disponían a colgarlo. Era algo muy sencillo: le quitaban la piel y arrojaban el cuerpo a un vertedero grande y profundo, situado en un extremo del penal, y que en verano, en los días más calurosos, apestaba de un modo espantoso. Sólo lo limpiaban muy de cuando en cuando. El pobre animal parecía comprender qué clase de destino le aguardaba. Nos iba dirigiendo miradas inquisitivas e inquietas a los tres que allí estábamos, por turno, y sólo de vez en cuando se decidía a menear su rabo caído, de pelo lanudo, como intentando ablandarnos con esa señal de confianza. Yo me marché en cuanto pude, y ellos, claro, culminaron su tarea con éxito.