Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta También las ocas aparecieron en el penal un poco por casualidad. Quién las había criado y a quién pertenecían realmente son cosas que desconozco, pero lo cierto es que durante un tiempo sirvieron de distracción a los presos e incluso llegaron a ser conocidas en la ciudad. Habían nacido en el penal y habitaban en la cocina. Cuando los polluelos crecieron un poco, tomaron la costumbre de ir todos juntos, en grupo, acompañando a los reclusos al trabajo. En cuanto redoblaba el tambor y todo el presidio se encaminaba a la salida, nuestras ocas, dando un chillido, echaban a correr detrás de nosotros; desplegando sus alas, salvaban de un salto, una tras otra, el elevado umbral del portillo y rápidamente se dirigían al flanco derecho, donde quedaban alineadas, esperando que acabara la repartición de los distintos grupos. Siempre se sumaban a la cuadrilla más numerosa, y durante el trabajo se quedaban picoteando por los alrededores. Nada más ponerse en marcha el grupo, de vuelta a la prisión, también ellas empezaban a andar. En la fortaleza se corrió la voz de que acompañaban a los reclusos al trabajo. «¡Mira, allí van los presos con sus ocas! —decían cuando se cruzaban con ellos—. ¡Qué bien enseñadas las tenéis!» «¡Tomad, por las ocas!», añadía alguno, y les daba limosna. Pero, a pesar de todo ese apego, una vez, con ocasión del término de un ayuno, fueron sacrificadas.