Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta En cambio, por nada del mundo habrÃan sacrificado a nuestro macho cabrÃo Vaska, de no haberse dado circunstancias muy especiales. Tampoco en este caso sabrÃa decir de dónde habÃa salido y quién lo habÃa traÃdo; el caso es que de pronto apareció en el penal un pequeño cabrito, todo blanco: una verdadera preciosidad. A los pocos dÃas, todos estábamos prendados de él, que se habÃa convertido en la distracción general y hasta en la alegrÃa de todos. Encontramos incluso un motivo para conservarlo: hacÃa falta un macho cabrÃo en el penal, para tenerlo en las cuadras[86]. Sin embargo, no vivÃa en las cuadras, sino en la cocina, primero, y más tarde por todo el presidio. Era la criatura más graciosa y más revoltosa que se pueda imaginar. Cuando lo llamaban, acudÃa corriendo, saltaba sobre los bancos y las mesas, se daba topetazos con los reclusos, siempre alegre y divertido. Una tarde, cuando ya le apuntaban unos cuernecillos respetables, al lesguino Babái, que estaba sentado en la escalinata de un barracón en compañÃa de otros presos, se le ocurrió jugar con él a darse cabezazos. Llevaban ya un buen rato dándose golpes con la frente —diversión favorita de los presos con el animal—, cuando de improviso Vaska subió de un salto al escalón más alto, justo cuando Babái se daba la vuelta, se puso de pie un instante sobre sus patas traseras, recogió las pezuñas delanteras y con todas sus fuerzas le dio un golpe al recluso en el cogote, con lo que éste cayó dando tumbos de la escalinata, para delirio de todos los presentes, empezando por el propio Babái. En resumen, todos querÃan a Vaska con locura. Cuando empezó a crecer, como resultado de una deliberación general muy concienzuda, fue sometido a cierta operación que nuestros veterinarios dominaban a la perfección. «Si no, olerá a macho cabrÃo», decÃan los presidiarios. Después de la operación, Vaska empezó a engordar terriblemente. Además, lo cebaban como si lo fueran a sacrificar. Finalmente, creció hasta convertirse en un magnÃfico macho cabrÃo, con larguÃsimos cuernos, de una corpulencia fuera de lo común. Al andar, iba bamboleándose. También él tomó el hábito de venir con nosotros al trabajo, para regocijo de los reclusos y del público que lo veÃa pasar. Todos conocÃan a Vaska, el macho cabrÃo del penal. Si en alguna ocasión, por ejemplo, los reclusos iban a trabajar a la orilla del rÃo, donde tenÃan que arrancar ramas flexibles de sauce, cogÃan de paso algunas hojas y flores en el borde del rÃo y adornaban con todo esto a Vaska: le recubrÃan los cuernos con ramas y hojas y le colocaban guirnaldas por todo el dorso. Al regresar al penal, Vaska iba siempre delante de los presidiarios, engalanado y embellecido, y éstos iban detrás, orgullosos ante los paseantes. La admiración por el macho cabrÃo llegó hasta tal punto que algunos concibieron un proyecto infantil: «¿Y si le dorásemos los cuernos a Vaska?». No se limitaron a decirlo, sino que quisieron llevarlo a cabo. Recuerdo, sin embargo, que le pregunté a Akim AkÃmich, nuestro mejor dorador después de Isái Fómich, si en verdad serÃa posible dorarle los cuernos al macho cabrÃo. Primero miró atentamente al animal, reflexionó profundamente y respondió que tal vez serÃa posible, «pero será poco duradero y, además, completamente inútil». Asà quedó la cosa. Vaska podrÃa haber vivido mucho tiempo en el penal, y haber muerto probablemente de una crisis respiratoria, pero una vez, volviendo del trabajo a la cabeza de un grupo de reclusos, engalanado y embellecido, se cruzó en su camino el mayor, que iba en carruaje. «¡Alto! —gritó—. ¿De quién es este macho cabrÃo?» Se lo explicaron. «¿Cómo? ¡Un macho cabrÃo en el penal, y sin mi permiso! ¡Suboficial!» Acudió el suboficial, y en ese mismo instante se ordenó el sacrificio inmediato del animal. HabÃa que desollarlo y vender la piel en el mercado: lo que se obtuviera por ella irÃa a engrosar el presupuesto para los presidiarios; en cuanto a la carne, servirÃa para acompañar el schi. Se habló de ello en el penal, y a todos les dio mucha pena, pero en cualquier caso nadie se atrevió a desobedecer. Vaska fue degollado al borde del vertedero. La carne la compró, en su totalidad, uno de los reclusos, lo cual reportó a la prisión un rublo y medio. Con ese dinero se compró pan blanco, y el comprador de Vaska lo vendió, a su vez, por partes a sus camaradas para asarlo. La carne resultó excepcionalmente sabrosa.