Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Durante un tiempo también vivió en la prisión un águila (karagush)[87], un ejemplar de águila de la estepa, una especie de pequeño tamaño. Alguien la había traído herida y extenuada al penal. Todo el presidio la rodeó; no podía volar: arrastraba por tierra el ala derecha y tenía una pata dislocada. Recuerdo qué miradas tan feroces lanzaba a su alrededor, examinando a la curiosa multitud, abriendo el pico curvo, dispuesta a vender cara su vida. Cuando, hartos ya de mirarla, los presos empezaron a dispersarse, el águila se apartó cojeando, dando saltitos sobre una pata y agitando el ala sana, hasta el extremo más distante del penal, donde se agazapó en un rincón, apretada con fuerza contra la empalizada. Allí pasó unos tres meses, sin salir en todo ese tiempo ni una vez de su rincón. Al principio iban a menudo a verla, y azuzaban a los perros contra ella. Shárik se lanzaba con fiereza contra ella, pero luego se veía que le daba miedo acercarse del todo, cosa que divertía mucho a los reclusos. «¡Menuda fiera! —decían—. No se rinde». Más adelante, el propio Shárik empezó a maltratarla cruelmente; ya no sentía temor y, cuando lo azuzaban, se las apañaba para agarrarla por su ala dañada. El águila se defendía encarnizadamente, con las garras y con el pico; orgullosa y salvaje, como un monarca herido, agazapada en su rincón, examinaba con la mirada a los curiosos que se acercaban a verla. Finalmente, todos se cansaron de ella; la dejaron en paz y la olvidaron, si bien cada día podían verse al lado de ella pedazos de carne fresca y un recipiente con agua. De modo que alguien se ocupaba del águila. Al principio no quiso comer, y así estuvo unos cuantos días; finalmente empezó a aceptar el alimento, aunque nunca lo tomaba de la mano, ni en presencia de la gente. Varias veces tuve ocasión de observarla desde lejos. Como no veía a nadie y creía que estaba sola, a veces se decidía a apartarse un poco de su rincón: avanzaba cojeando a lo largo de la empalizada hasta alejarse diez o doce pasos de su sitio, después regresaba, y otra vez volvía a salir, como si estuviera haciendo ejercicio. En cuanto me veía, volvía de inmediato a su rincón, cojeando y dando saltitos, pero a toda prisa, y una vez allí echaba la cabeza hacia atrás, abría el pico y erizaba el plumaje, aprestándose para la lucha. Nunca fui capaz de aplacarla con caricias: intentaba darme picotazos y peleaba, no aceptaba la carne de vaca que le ofrecía y, todo el tiempo que estaba al lado de ella, me miraba fijamente a los ojos de un modo feroz y penetrante. Apartada, rencorosa, esperaba la muerte, sin fiarse de nadie, sin someterse a nadie. Al final pareció que los reclusos volvieron a acordarse del águila, y aunque nadie se había preocupado ni había pensado siquiera en ella durante unos dos meses, de pronto se despertó una especie de compasión generalizada por el ave. Se apuntó la idea de sacarla del penal. «Si tiene que morir, que no sea en prisión», decían algunos.