Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —Ya se sabe, es un ave libre, tenaz, no hay forma de acostumbrarla a la prisión —asentÃan otros.
—Desde luego, no es como nosotros —aportó alguien.
—¡Mira éste!, te has quedado calvo: es un pájaro, y nosotros somos personas.
—El águila, amigos, es el zar de los bosques… —habÃa empezado Skurátov, pero esta vez no le prestaron atención.
Un dÃa, después de la comida, cuando el tambor anunció la salida para el trabajo, cogieron el águila, le cerraron el pico con la mano porque intentaba combatir ferozmente, y se la llevaron fuera del penal. Llegaron hasta el terraplén. Los reclusos, unos doce, que integraban esta cuadrilla estaban intrigados por ver adónde irÃa. Curiosamente, todos parecÃan satisfechos, como si fueran ellos mismos quienes, en alguna medida, recobraban la libertad.
—¡Bestia inmunda! Le haces un favor, y todavÃa intenta darte picotazos —decÃa el que la estaba sosteniendo, mirando casi con cariño al ave furiosa.
—¡Suéltala, Mikitka!
—A este diablo, desde luego, no lo metes en una maleta. Lo que necesita es la libertad, la auténtica libertad, la buena, la de verdad.