Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Desde el terraplén, soltaron el águila hacia la estepa. Era un dÃa frÃo y gris de pleno otoño. El viento silbaba en la extensión desnuda y resonaba en la hierba de la estepa: amarillenta, reseca, hecha jirones. El águila se lanzó en lÃnea recta, agitando el ala lastimada, como si se apresurara a escapar de nosotros, partiendo a la ventura. Los reclusos seguÃan con curiosidad las apariciones intermitentes de su cabeza en la hierba.
—¿Os habéis fijado? —dijo uno, pensativo.
—¡Y nunca mira para atrás! —añadió otro—. Ni una sola vez, compañeros, ha mirado para atrás, ¡sólo piensa en escapar!
—¿Qué te creÃas, que iba a girarse para darte las gracias? —observó un tercero.
—La libertad, ya se sabe. Y ella ya presiente la libertad.
—SÃ, la libertad…
—Y ya no se la puede ver, compañeros…
—¿Qué hacéis ahà parados? ¡En marcha! —gritaron los soldados de la escolta, y todos, en silencio, se dirigieron despacio al trabajo.