Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Sin embargo, tal y como ya he recordado en parte, en los comienzos de mi estancia en el presidio yo ni podÃa ni sabÃa penetrar hasta lo más profundo de esta vida, y por eso todas sus manifestaciones externas me atormentaban con una tristeza inefable. A veces, sencillamente me daba por odiar a aquellos hombres que padecÃan como yo. Incluso les envidiaba y culpaba al destino. Les envidiaba porque ellos, después de todo, estaban entre camaradas, se comprendÃan unos a otros, aunque en el fondo a todos ellos, igual que a mÃ, les produjera hastÃo y repugnancia esa camaraderÃa impuesta a base de látigos y palos, esa cooperación forzada, y cada cual preferÃa apartar la mirada de los demás y dirigirla hacia otro lado. Vuelvo a repetir que esta envidia, que me visitaba en mis momentos de mal humor, tenÃa un fundamento legÃtimo. De hecho, están totalmente equivocados quienes dicen que al noble, instruido y demás, le resulta exactamente igual de duro el paso por penales y prisiones que a un campesino cualquiera. Conozco esta idea, la he oÃdo enunciar en los últimos tiempos, y he leÃdo cosas al respecto. La base de esta idea es válida y humana. Todos somos personas, todos somos seres humanos. Pero es una idea excesivamente abstracta. No tiene en cuenta un gran número de condiciones prácticas que no se pueden comprender sino en la realidad misma. No pretendo decir con esto que los nobles, las personas instruidas, tengan sensaciones más refinadas, más dolorosas, o que estén más desarrollados. DifÃcilmente se puede someter el alma y su grado de desarrollo a una escala determinada. Ni siquiera la instrucción puede servir como medida en este caso. Yo, antes que nadie, podrÃa testimoniar que hasta en el ambiente menos instruido, en el más opresivo, he encontrado entre aquellos desdichados rasgos del más refinado desarrollo espiritual. En el penal se daba a veces el caso de conocer a una persona desde hacÃa varios años, y pensar de ella que no era una persona, sino una fiera, y despreciarla; y de improviso llega un momento casual en el que su alma, en un impulso involuntario, se abre al exterior, y te permite ver en ella tanta riqueza, tanto sentimiento, tanto corazón, una comprensión tan nÃtida del sufrimiento propio y ajeno, que abres los ojos y se te hace casi imposible creer, en un primer momento, lo que tú mismo has visto y oÃdo. Pero también ocurre lo contrario: en ocasiones la educación va acompañada de tal barbarie, de tal cinismo, que da náuseas, y ya puedes ser muy comprensivo o estar muy favorablemente predispuesto, que no encuentras en tu corazón ni excusas ni justificaciones.