Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta No estoy hablando del cambio de hábitos, de modo de vida, de alimentación y demás, que para el individuo de la clase social más alta resulta más duro, claro está, que para el mujik, el cual muchas veces ha pasado hambre estando en libertad y que en prisión, al menos, puede saciarse con la comida. No voy a discutir esta cuestión. Admitamos que para un individuo, aunque sea de carácter débil, todo esto es algo insignificante en comparación con otros inconvenientes, si bien en el fondo el cambio de hábitos no es algo en absoluto insignificante o despreciable. Pero hay inconvenientes ante los cuales todo eso palidece hasta tal punto que ya no se presta atención ni a la suciedad del lugar, ni a las cadenas, ni a la comida exigua y poco higiénica. El holgazán más delicado, el sibarita más exquisito, después de trabajar todo un dÃa con el rostro bañado en sudor, como jamás habÃa trabajado estando en libertad, se come su pan negro y su schi con cucarachas. Uno se puede acostumbrar a esto, tal y como se señala en esa canción cómica de presidiarios sobre un tipo remilgado que va a parar a un presidio:
Me dan repollo con agua,
y al comer, me crujen las orejas.