Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —¡Y a ti, que te parta el sable turco!
No paraban de insultarse.
—¡Bueno! ¡Ya se armó! —gritaron quienes les rodeaban—. No supisteis vivir en libertad; alegraos de que aquà os den pan blanco…
Al instante se calman. Insultarse, «golpear» con la lengua está permitido. En parte, es una distracción para todos. Pero no siempre se toleran las reyertas, y sólo en casos excepcionales se llega a las manos. De las reyertas dan parte al mayor; hacen pesquisas, acude el mayor en persona; en una palabra, todos salen perdiendo, y por eso no se toleran. Además, los que se insultan lo hacen por diversión, para ejercitar la lengua. Con frecuencia se engañan a sà mismos, empiezan muy acalorados, con saña… y uno piensa: se van a enzarzar. Nada ocurre: llegan hasta un punto determinado e inmediatamente se separan. Al principio, todo eso me sorprendÃa enormemente. He presentado aquà una muestra de las conversaciones más habituales entre los presos. No podÃa imaginar al principio cómo se podÃa insultar por gusto, encontrar en ello una diversión, un ejercicio agradable, placer. Además, no hay que olvidar la vanidad. Se tenÃa en gran estima al insultador dialéctico. Sólo faltaba que le aplaudieran, como a un actor.
Desde la tarde anterior habÃa notado que me miraban de través.