Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —A mí no me robarán, no temas —decía uno—. Soy yo, hermano, el que tiene miedo de robar a los demás.
—Pues a mí no me toques con tus manos: ¡te quemaré!
—¡Qué me vas a quemar tú! ¡Vaya presidiario! Ya no nos queda ni el nombre… Ésta te deja sin blanca y ni te enteras. Aquí, hermano, hasta mi dinero ha volado. Vino el otro día y ¿qué podía hacer? Fui a preguntarle a Fedka, el verdugo: aún tenía una casa en el arrabal, que le compró a Salomón, el judío sarnoso, el que luego se ahorcó…
—Lo sé. Era el tabernero que estaba aquí hace dos años. Le apodaban Grishka, Taberna oscura. Le conozco.
—Pues no le conoces; ése es otro Taberna oscura.
—¡Cómo que otro! Pues vaya si le conoces. Podría traerte a muchos testigos…
—¡Tráelos! ¿De dónde sales? Y yo ¿quién soy?
—¿Quién eres? ¡Con la de palizas que te he dado, y no presumo, y me preguntas que quién eres!
—¿Tú, palizas? Aún no ha nacido quien me dé una paliza, o está enterrado.
—¡Peste de Bender[14]!
—¡Que te coma la tisis de Siberia!