Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Se prepararon para el recuento; comenzaba a amanecer; en la cocina se apiñaba un montón de gente, y era imposible pasar. Los presos se amontonaban con sus chaquetones y sus gorros medio rotos ante el pan que les repartía uno de los furrieles. Los furrieles eran elegidos por los presos, a razón de dos por cocina. Ellos guardaban el cuchillo para partir el pan y la carne, el único que había en toda la cocina. Por todos los rincones y alrededor de las mesas se distribuían los presos, con sus gorros, chaquetones y cinturones ya puestos, listos para salir al trabajo. Algunos tenían delante tazas de madera con kvas[13]. Mojaban trozos de pan en el kvas y lo engullían. El ruido y la algarabía eran insoportables; pero algunos conversaban discretamente y en voz baja por los rincones.

—¡Hola! ¡Pan y sal para el viejo Antónich! —exclamaba un preso joven, inclinándose ante un viejo triste y desdentado.

—Buenos días, si es que no bromeas —decía el otro sin levantar la vista y esforzándose en morder el pan con sus desdentadas encías.

—Y yo que te creía muerto, Antónich; de veras.

—Muérete tú primero y yo luego…

Me senté junto a ellos. A mi derecha dialogaban dos reclusos ya entrados en años, que se esforzaban por mostrar ante el otro su importancia.


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