Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —¡Que se peguen, en vez de chillar! —gritó uno desde un rincón.
—¡Eso crees tú, que se van a pegar! —replicó otro—. Somos gente provocadora, con coraje: no tenemos miedo a luchar siete contra uno.
—¡SÃ, los dos son buenos! Uno vino al presidio por una libra de pan, y el otro, ladrón de cántaros, se comió la cuajada de una mujer, y por eso probó el látigo.
—¡Bueno, bueno! ¡Basta ya! —gritó el inválido, encargado de mantener el orden en el barracón, y que por eso dormÃa en un rincón, en un catre aparte.
—¡Agua, chicos! ¡Que ya se ha despertado Nevalid[12] Petróvich! ¡Nevalid Petróvich, querido hermano!
—Hermano… ¿De qué soy tu hermano? ¡No nos hemos bebido un rublo juntos y ya soy tu hermano! —refunfuñó el inválido, pasando los brazos por las mangas de su capote…