Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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En resumen, todo el mundo estaba agitado. Realmente, en esa época la comida que nos daban era mala. Y además todo se vino a juntar. Lo más importante era el ambiente de pesadumbre, el sufrimiento callado y permanente. Los presidiarios son pendencieros y levantiscos por naturaleza; pero no es frecuente que se subleven todos juntos o en grandes grupos. La causa de esto es la perpetua discordia. Todos se daban perfecta cuenta de eso: de ahí que hubiera en el penal más maldiciones que hechos. Y, sin embargo, en este caso la agitación no pasó sin consecuencias. Empezaron a formar corrillos, discutían en los barracones, blasfemaban, evocaban con ira todo el mandato del mayor; se dedicaban a sacar a la luz todos los entresijos del penal. Unos cuantos estaban especialmente inquietos. En este tipo de situaciones siempre aparecen instigadores, cabecillas. Los cabecillas suelen ser en estos casos, es decir, cuando hay alguna protesta, gente especialmente notable, y no sólo en la prisión, sino también en todo tipo de asociaciones, destacamentos militares, etc. Constituyen un tipo humano particular, muy parecido en todas partes. Son personas fogosas, sedientas de justicia, que están convencidas, con absoluta ingenuidad y honradez, de que aquélla puede alcanzarse de forma ineludible, incontestable y, ante todo, inmediata. Esta gente no es más estúpida que los demás, algunos de ellos son incluso muy inteligentes, pero su excesivo entusiasmo les impide ser astutos y calculadores. En todos estos casos, si hay también personas que saben dirigir a la masa con habilidad y ganar la partida, se trata entonces de un tipo distinto de cabecillas y jefes naturales del pueblo, un tipo extremadamente infrecuente entre nosotros. Pero los del otro tipo, al cual me estoy refiriendo ahora, el de los instigadores y cabecillas de la protesta, casi siempre terminan fracasando y engrosando la población de cárceles y presidios. Son derrotados por culpa de su fogosidad, pero es precisamente la fogosidad la que les permite influir en las masas. Al fin y al cabo, éstas les siguen de buena gana. Su ardor y su sincera indignación llegan a todo el mundo, y hasta los más indecisos acaban por unirse a ellos. Su confianza ciega en el triunfo consigue seducir a los escépticos más correosos, a pesar de que a veces las bases de esa confianza sean tan endebles y tan infantiles que, visto desde fuera, resulta asombroso que tengan seguidores. Pero lo fundamental es que ellos marchan siempre en cabeza, avanzando sin ningún temor. Se lanzan como toros con los cuernos listos para embestir, muchas veces sin conocer bien el asunto, sin tomar precauciones, sin ese jesuitismo práctico que a menudo permite a los individuos más viles y desacreditados ganar la partida, conseguir su objetivo y salir a flote. Ellos en cambio se rompen los cuernos sin remedio. En la vida corriente, son personas atrabiliarias, cascarrabias, irritables e impacientes. Casi siempre son terriblemente limitadas, lo cual, por cierto, es uno de los secretos de su fuerza. Pero lo más molesto en su caso es que, apartándose de su objetivo central, se lanzan a menudo oblicuamente; descuidando la cuestión principal, se pierden en detalles insignificantes. Eso es lo que les lleva a la ruina. Pero las masas pueden entenderles; ahí reside su fuerza… Por cierto que aún hay que decir un par de cosas sobre lo que pasó con la reclamación.


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