Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Le miré un segundo: decididamente no me había entendido, no entendía adónde quería ir yo a parar. En cambio, yo a él le entendí perfectamente en aquel momento. Entonces, por primera vez, una idea que se removía oscuramente en mi cabeza desde hacía tiempo y que me había estado rondando se había aclarado por fin, y de pronto comprendí lo que hasta entonces apenas había alcanzado a intuir. Comprendí que a mí nunca me ofrecerían su camaradería, ni aunque fuera más presidiario que nadie, ni aunque estuviera condenado por los siglos de los siglos, ni aunque fuera de la sección especial. Pero lo que se ha quedado grabado con más claridad en mi memoria es la cara que puso Petrov en aquel momento. En su pregunta: «¿Ustedes camaradas nuestros?», se percibía una ingenuidad tan auténtica, un asombro tan sincero. Pensé: ¿no habrá en estas palabras algo de ironía, de rencor, de burla? Nada de eso había: sencillamente, tú no eres mi camarada, eso es todo. Tú sigue tu camino, y nosotros el nuestro; tú tienes tus propios asuntos, y nosotros los nuestros.