Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Aquella tarde, el mismo día de la reclamación, volviendo del trabajo, me encontré con Petrov detrás de los barracones. Me estaba buscando. Se acercó a mí y murmuró algo que podrían ser dos o tres exclamaciones indeterminadas, pero enseguida se calló y, con aire distraído, echó a andar maquinalmente a mi lado. Todo lo ocurrido me seguía pesando en el alma, y me pareció que Petrov me iba a dar alguna explicación.
—Dígame, Petrov —le pregunté—, ¿sus compañeros no están enfadados con nosotros?
—¿Quién está enfadado? —preguntó, como volviendo en sí.
—Los reclusos con nosotros… con los nobles.
—¿Y por qué iban a estar enfadados con ustedes?
—Bueno, pues porque no hemos apoyado la reclamación.
—¿Y qué interés tenían ustedes en plantear una reclamación? —me preguntó, como si estuviera haciendo un esfuerzo por comprenderme—; pero si ustedes pueden comprarse su comida.
—¡Ay, Dios mío! Pero también hay algunos de los suyos que se compran la comida y, sin embargo, han protestado. Además, nosotros tendríamos que haberlo hecho… por camaradería.
—Pero… ¿cómo?… ¿Ustedes camaradas nuestros? —preguntó asombrado.