Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Como es lógico, yo me sentía más inclinado a relacionarme con los míos, es decir, con «los nobles», sobre todo en los primeros tiempos. Pero de los tres antiguos miembros de la nobleza rusa que había en el presidio (Akim Akímich, el espía A…v y el que era considerado parricida), yo únicamente tenía trato y conversación con Akim Akímich. Debo reconocer que tan sólo me acercaba a Akim Akímich llevado por la desesperación, por así decir, en los momentos de mayor aburrimiento y cuando ya no veía la posibilidad de acercarme a nadie más que a él. En el capítulo anterior hice un intento de dividir a todas las personas del penal en categorías, pero ahora, al recordar a Akim Akímich, pienso que se puede añadir una nueva categoría. La verdad es que él era su único integrante. Se trata de la categoría de los presos absolutamente indiferentes. Presos absolutamente indiferentes, es decir, presos a quienes les daba lo mismo vivir en libertad o en reclusión, allí ni los había ni los podía haber, como es lógico, pero Akim Akímich parecía ser la excepción. Se instaló en el presidio como si se dispusiera a pasar en él toda la vida: todo lo que le rodeaba, empezando por su jergón, su almohada y sus enseres, fue colocado de forma perfectamente sólida, estable y duradera. No había allí ni el menor rastro de provisionalidad, nada recordaba a un vivac. Tenía por delante muchos años de vida en el presidio, pero es dudoso que alguna vez pensara siquiera en la salida. Con todo, si se había reconciliado con la realidad, no había sido por gusto, desde luego, sino por disciplina, lo cual, por cierto, venía a ser lo mismo para él. Era un buen hombre y la verdad es que me ayudó al principio con sus consejos y prestándome algunos servicios; pero confieso que a veces, sobre todo en los primeros tiempos, me producía sin pretenderlo un aburrimiento inigualable que contribuía a empeorar mi estado de ánimo, ya de por sí decaído. Pero, justamente a causa de mi aburrimiento, yo solía entablar conversación con él. A veces uno sentía ansiedad de escuchar una palabra viva cualquiera, aunque fuera amargada e impaciente, aunque fuera puro rencor: se trataba, al menos, de haber maldecido juntos nuestro destino; pero él guardaba silencio, pegando sus farolillos, o se dedicaba a contar qué revista había pasado en el año tal, quién mandaba la división y cuál era su nombre y su patronímico, y si quedó satisfecho con la revista o no, y cómo habían sido cambiadas las señales de los tiradores, etc. Y todo con esa voz tan monótona, tan ceremoniosa, como agua cayendo gota a gota. Por no animarse, casi no se animaba ni cuando me contaba cómo su participación en cierta acción en el Cáucaso le hizo acreedor a la cruz de Santa Ana en la espada. Tan sólo su voz se tornaba en ese momento especialmente grave y seria; cuando pronunciaba el nombre de «Santa Ana», la bajaba un poco, dándole un cierto tono misterioso, y luego se quedaba singularmente callado y serio por espacio de unos tres minutos… Aquel primer año pasé por momentos tontos en los que me daba (siempre de improviso) por odiar a Akim Akímich sin venir a cuento, y maldecía en silencio al destino por habernos hecho vecinos de camastro, colocados cabeza con cabeza. Por lo general, una hora más tarde yo ya me lo estaba reprochando. Pero esto sólo ocurrió durante el primer año; después me reconcilié de todo corazón con Akim Akímich y me avergoncé de mis tonterías pasadas. De puertas afuera, sin embargo, recuerdo que nunca llegamos a discutir.