Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Aparte de aquellos tres, durante mi estancia en el penal hubo allà otras ocho personas de la nobleza. Con algunos de ellos tuve una relación bastante estrecha, grata incluso, pero no con todos. En los mejores habÃa algo de enfermizo, de excluyente, de extremadamente intransigente. Más tarde, con dos de ellos sencillamente dejé de hablarme. HabÃa únicamente tres con cierta instrucción: B…ski, M…cki y el anciano Z…ski, que habÃa sido profesor de matemáticas en alguna parte, un viejo respetable, bueno, muy excéntrico y, pese a su formación, un individuo extremadamente limitado, en mi opinión. Muy distintos eran M…cki y B…ski. Con M…cki me entendà muy bien desde el primer instante; nunca discutà con él y le respetaba, pero lo que es tomarle afecto, sentirme cercano a él, de eso nunca fui capaz. Era una persona profundamente suspicaz e irritable, pero que sabÃa dominarse de un modo asombroso. Precisamente era esa capacidad, tan desarrollada en su caso, lo que menos me gustaba de él: daba la sensación de que nunca abrirÃa totalmente su corazón a nadie. Aunque también puedo estar equivocado. Era por naturaleza fuerte y noble en grado sumo. Su habilidad extraordinaria, un tanto jesuÃtica incluso, y su prudencia en el trato con las gentes daban prueba de un escepticismo profundo, disimulado. Y, sin embargo, era un alma desgarrada precisamente por esa dualidad: por una parte el escepticismo, por otra una fe honda, inquebrantable, en ciertas convicciones y esperanzas personales. Con todo, a pesar de su gran habilidad para el trato, era enemigo acérrimo de B…ski y de su amigo T…wski. B…ski era un hombre enfermo, con cierta tendencia a la tisis, irritable y nervioso, pero en el fondo muy bondadoso y magnánimo. Su irritabilidad le llevaba en ocasiones a ser extremadamente intransigente y caprichoso. Yo no podÃa soportar ese temperamento, y en consecuencia me aparté de B…ski, aunque nunca dejé de apreciarle; en cambio, no reñà con M…cki, pero nunca llegué a apreciarle. Al distanciarme de B…ski, me vi inmediatamente distanciado también de T…wski, aquel joven al que hice referencia en el capÃtulo anterior, al hablar de la reclamación. Eso me dio mucha pena. T…wski, sin ser una persona instruida, era un joven bueno y valeroso, un joven estupendo, en una palabra. Pero apreciaba y respetaba a B…ski hasta tal punto, sentÃa por él tal veneración, que a quienes se apartaban algo de él, por poco que fuera, pasaba a considerarlos de inmediato casi como enemigos. Creo que más adelante también rompió con M…cki a causa de B…ski, aunque intentó resistirse largamente. Lo cierto es que todos estaban moralmente enfermos: eran biliosos, irritables, suspicaces. Era comprensible: su situación era muy dura, mucho más dura que la nuestra. Estaban lejos de su patria. Sobre algunos de ellos pesaba una larga condena de deportación, diez años, doce años, y, lo que es más importante, sentÃan una profunda prevención contra todo lo que les rodeaba; lo único que veÃan en los reclusos era su fiereza y no podÃan, ni tan siquiera querÃan, distinguir en ellos ni un solo rasgo bueno, humano, lo cual también era comprensible: la fuerza de las circunstancias, del destino, les habÃa impuesto ese punto de vista tan desdichado. Estaba muy claro que la tristeza les resultaba sofocante en prisión. Con los cherqueses, con los tártaros, con Isái Fómich, eran cordiales y afables, pero a todos los demás reclusos los evitaban con repugnancia. Tan sólo el viejo creyente de Starodub les merecÃa un respeto absoluto. También resulta destacable el hecho de que ningún recluso, en todo el tiempo que pasé en el presidio, les reprochara ni su origen, ni su fe, ni su forma de pensar, cosa que puede darse en nuestro pueblo con respecto a los extranjeros, fundamentalmente alemanes, aunque muy raramente, por cierto. Por lo demás, con respecto a los alemanes lo único que hacen es reÃrse de ellos; los rusos humildes ven algo profundamente cómico en los alemanes. A los extranjeros que habÃa allà los presidiarios les trataban hasta con respeto, bastante más que a nosotros, los rusos, y jamás les tocaban. Pero ellos, al parecer, nunca quisieron darse cuenta de esto ni tomarlo en consideración. He mencionado antes a T…wski. Fue él quien, durante el traslado desde su primer lugar de deportación hasta nuestra fortaleza, llevó en brazos a B…ski casi todo el trayecto, cuando éste, débil de salud y de constitución, estaba rendido tras casi media etapa. HabÃan sido deportados anteriormente a U…gorsk[95]. AllÃ, según contaban ellos, estaban bien, es decir, bastante mejor que en nuestro penal. Pero habÃan entablado correspondencia, completamente inocente por lo demás, con otros deportados de otra ciudad, y por eso se habÃa juzgado necesario trasladar a los tres a nuestro penal, para ser vigilados más de cerca por las autoridades. El tercer camarada era Z…ski. Antes de que llegaran estos tres, M…cki estaba solo en el presidio. ¡Qué tristeza debió sentir durante su primer año de deportación!