Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Z…ski era ese viejecillo que estaba rezando constantemente, del que ya he hablado. Todos los presos políticos eran hombres jóvenes, algunos muy jóvenes; tan sólo Z…ski pasaba de los cincuenta años. Era una persona honrada, desde luego, pero algo rara. Sus camaradas, B…ski y T…wski, no le apreciaban demasiado y ni siquiera le hablaban; le tenían por testarudo y chiflado. No sé hasta qué punto tenían razón en este caso. En presidio, como en cualquier otro lugar donde la gente se amontona no por su voluntad, sino a la fuerza, creo que surgen antes los roces e incluso los odios mutuos que en libertad. Muchas circunstancias contribuyen a ello. Por otra parte, Z…ski era verdaderamente un individuo bastante obtuso y que podía resultar molesto. Tampoco sus otros camaradas se llevaban bien con él. Yo nunca me peleé con él, pero no tuvimos una relación estrecha. Parecía dominar su especialidad, las matemáticas. Recuerdo que siempre se esforzaba por explicarme, en su ruso deficiente, cierto sistema astronómico que él mismo había concebido. Me dijeron que alguna vez lo había publicado, pero en el mundo científico no había recibido más que burlas. En mi opinión, estaba un poco mal de la cabeza. Se pasaba los días enteros rezando de rodillas, con lo que se había ganado el respeto generalizado del presidio, respeto del que disfrutó hasta su muerte. Murió en nuestro hospital, tras una penosa enfermedad, ante mis ojos. Por otra parte, el respeto de los forzados ya lo había obtenido nada más aparecer en el presidio, después de su historia con nuestro mayor. En el trayecto desde U…gorsk hasta nuestra fortaleza no les habían rapado la cabeza, y les había crecido la barba, de manera que, cuando les condujeron directamente hasta el mayor, éste se enfureció, indignado por semejante infracción disciplinaria, de la que ellos, por cierto, no tenían ninguna culpa.