Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Sus sueños no se cumplieron: no se casó, pese a la firmeza de su propósito, cuando terminaron de remozar su casa. No le esperaba el matrimonio, sino un proceso, y se vio obligado a pedir el retiro. En ese momento, salieron a relucir todos sus viejos pecados. Creo recordar que anteriormente había sido gobernador en aquella ciudad… El golpe le sobrevino de forma inesperada. En el penal la alegría por la noticia fue desorbitada. ¡Fue una verdadera fiesta, un triunfo! El mayor, según decían, lloraba como una viejecilla, deshecho en lágrimas. Pero no podía impedirlo. Se retiró, vendió su pareja de caballos grises, después tuvo que hacer lo mismo con el resto de sus propiedades, y cayó finalmente en la miseria. Más adelante, nos lo encontramos vestido de civil, con una levita gastada y una gorra con escarapela. Miraba a los presidiarios con rencor. Pero todo su encanto había desaparecido nada más despojarse del uniforme. Con el uniforme era una tormenta amenazante, era un dios. Con la levita, de pronto ya no era nada de nada, parecía un lacayo. Es asombroso todo lo que representa el uniforme para esa clase de personas.






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