Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —¡Z…ski! —dijo—, te he ofendido. Reconozco que te hice azotar sin razón. Estoy arrepentido. ¿Lo entiendes? Yo, precisamente yo, yo… ¡arrepentido!
Z…ski le respondió que sÃ, que lo entendÃa.
—¿Te das cuenta de que yo, yo, tu superior, te he llamado para pedirte perdón? ¿Eres capaz de apreciarlo? ¿Y tú quién eres a mi lado? ¡Un gusano! ¡Menos que un gusano: un presidiario! En cambio, yo soy mayor por la gracia de Dios[99]. ¡Mayor! ¿Lo entiendes?
Z…ski le respondió que también entendÃa eso.
—Bien, pues ahora quiero reconciliarme contigo. Pero ¿puedes sentir lo que eso supone, sentirlo plenamente, en toda su plenitud? ¿Estás capacitado para entenderlo, para sentirlo? Intenta comprenderlo: yo, yo, mayor… —y siguió de esa guisa.
El propio Z…ski me contó toda la escena. De modo que hasta en un hombre como ése, un borracho, un tipo absurdo e incoherente, habÃa sentimientos humanos. Teniendo en cuenta sus ideas y su cultura, aquella actuación se podrÃa considerar poco menos que magnánima. Bien es verdad que se vio muy facilitada por su estado de embriaguez.