Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Tras el relevo del mayor, A…v (que había sido su espía en el presidio) se quedó absolutamente solo, sin protección. Era todavía muy joven, pero su carácter se endurecía y se hacía más cerrado con el paso de los años. Por lo general, era un hombre audaz, decidido y muy listo además. Aunque habría seguido espiando y dedicándose a toda clase de actividades subterráneas si le hubieran dado la libertad, ya no le habrían cogido de un modo tan estúpido como la vez anterior, por culpa de su falta de previsión, ya que había pagado la estupidez cometida con la deportación. En el presidio también se ejercitaba a veces en el arte de la falsificación de documentos. Aunque no lo digo con total seguridad. Yo se lo oí comentar a otros reclusos. Decían que ya se dedicaba a trabajos de ese tipo cuando frecuentaba la cocina del mayor y que, desde luego, había obtenido con eso los beneficios esperados. En una palabra, parecía dispuesto a todo para cambiar su suerte. Yo tuve la ocasión de conocer en parte su espíritu: su cinismo le llevaba a una insolencia insultante, reflejada en las burlas más frías, y producía una repulsión insuperable. Creo que, si le hubiera apetecido mucho beberse un vaso de vodka y no hubiera podido conseguir ese vaso más que matando a alguien, no habría vacilado en cometer el crimen, siempre que hubiera podido hacerlo de tapadillo, sin que nadie se enterase. En prisión había aprendido a ser calculador. Así era el hombre en quien se fijó Kulikov, el recluso de la sección especial.


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