Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Ya he hablado de Kulikov. Ya no era joven, pero era apasionado, vivaz, fuerte, dotado de talentos excepcionales y de lo más variopintos. Estaba lleno de energía y todavía quería vivir; esa clase de personas conserva las ganas de vivir hasta la edad más avanzada. Y, puestos a asombrarse de que nadie se hubiera evadido del penal, sin duda de quien primero habría que asombrarse sería de Kulikov. Pero Kulikov se decidió. ¿Quién de los dos tenía más influencia sobre el otro: A…v sobre Kulikov o Kulikov sobre A…v? No lo sé, pero los dos se necesitaban y en este asunto cada uno era para el otro el compañero idóneo. Se hicieron amigos. Creo que Kulikov contaba con que A…v prepararía los documentos. A…v pertenecía a la nobleza, era una persona de la alta sociedad, y esto anunciaba cierta variedad en sus aventuras futuras, en el caso de que consiguieran llegar a Rusia. A saber qué habrían acordado y cuáles serían sus esperanzas, aunque es seguro que tales esperanzas se saldrían de la rutina de rigor entre los vagabundos siberianos. Kulikov era actor por naturaleza, podía elegir en su vida numerosos papeles, y muy diversos; podía esperar muchas cosas, y como mínimo podía contar con que serían variadas. Para esa clase de personas la prisión debía de ser asfixiante. Se pusieron de acuerdo para fugarse.



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