Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Pero, sin la complicidad de un soldado de escolta, era imposible escapar. Había que implicar a uno de ellos en el plan. En uno de los batallones acantonados en la fortaleza servía un polaco, un hombre enérgico y, probablemente, merecedor de mejor suerte; era una persona ya entrada en años, decidida y seria. En su juventud, al poco de llegar a Siberia, se había fugado, impulsado por la profunda añoranza de su patria. Le cogieron, le azotaron y le tuvieron dos años en compañías disciplinarias. Cuando le mandaron de vuelta a su regimiento, como soldado, se lo pensó mejor y empezó a servir con celo, con todas sus fuerzas. En señal de reconocimiento, le nombraron cabo. Era un hombre con ambiciones, seguro de sí mismo y sabedor de su valía. En aquellos años le encontré en diversas ocasiones entre nuestros hombres de escolta. También los camaradas polacos me habían hablado algo de él. Me parecía que su antigua añoranza se había transformado en odio, un odio disimulado, sordo, incesante. Era un hombre dispuesto a todo, y Kulikov no se equivocaba al elegirle como compañero. Su apellido era Koller. Se pusieron de acuerdo y fijaron la fecha. Era el mes de junio, y los días eran calurosos. En aquella ciudad el clima es muy regular; en verano el tiempo es estable, hace calor: lo ideal para los vagabundos. Estaba claro que de ninguna manera podían marcharse directamente desde la fortaleza: la ciudad está en un lugar totalmente despejado, abierta por los cuatro costados. Alrededor no hay bosques hasta una distancia bastante considerable. Era preciso cambiarse de ropas, vestirse de civiles, y para eso había que llegar primero hasta el arrabal, donde Kulikov tenía desde hacía tiempo un refugio. No sé si sus buenos amigos del arrabal estarían al corriente del plan. Hay que suponer que sí, aunque éste es un punto que más tarde, en el proceso, no acabó de aclararse. Aquel año, en un rincón del arrabal, acababa de iniciar su carrera una joven bastante agraciada, apodada Vanka-Tanka[100], que había hecho concebir grandes esperanzas y que en buena medida las satisfaría después. También la llamaban Ogón[101]. Por lo visto ella también intervino en este asunto. Kulikov se estaba arruinando con ella desde hacía un año. Nuestros valientes se presentaron una mañana y se las ingeniaron astutamente para que les mandaran con el recluso Shilkin, que era fumista y estucador, a enlucir los barracones de los batallones que estaban vacíos, pues los soldados que los ocupaban llevaban un tiempo de campamento. A…v y Kulikov le acompañaron para ayudarle en el acarreo de materiales. Koller se ofreció como escolta, pero, como se precisaban dos hombres de escolta por haber tres reclusos, al propio Koller, como soldado veterano y cabo, le confiaron de buena gana un joven recluta con vistas a iniciarle e instruirle en las funciones de escolta. Eso indica que los fugitivos debían ejercer una fortísima influencia sobre Koller, y que éste tenía que confiar plenamente en ellos, en vista de que después de tantos años de servicio, y un servicio fructífero en los últimos años, un hombre sensato, serio y calculador como era él se había decidido a seguirles.