Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Llegaron a los barracones. Serían las seis de la mañana. Aparte de ellos, no había nadie más. Después de haber estado trabajando cosa de una hora, Kulikov y A…v le dijeron a Shilkin que tenían que ir al taller, en primer lugar para ver a alguien, y en segundo lugar para, ya de paso, coger cierto instrumento que les faltaba. Con Shilkin había que actuar astutamente, es decir, con la mayor naturalidad posible. Era moscovita, fumista de profesión, del artesanado de Moscú, listo, taimado, inteligente, poco hablador. De aspecto era enclenque y esmirriado. Podría haberse pasado toda la vida en chaleco y batín, al estilo moscovita, pero el destino lo dispuso de otro modo, y tras largas peregrinaciones había acabado por instalarse allí, en la sección especial, o sea, entre los más temibles criminales militares. No sé qué habría hecho para protagonizar semejante trayectoria, pero nunca se le notaba especialmente descontento; actuaba con tranquilidad y regularidad; tan sólo en ocasiones bebía de forma desmesurada, pero incluso en esos casos se comportaba correctamente. Evidentemente, no estaba en el secreto, pero tenía una mirada perspicaz. No cabe duda de que Kulikov le había hecho creer con un guiño que iban a buscar vodka, del cual se habían provisto en el taller ya desde el día anterior. Eso le tocó a Shilkin en lo más hondo; se separó de ellos sin abrigar ninguna sospecha y se quedó solo con el joven recluta, mientras Kulikov, A…v y Koller se dirigían al arrabal.


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