Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Transcurrió media hora; los ausentes no volvían y de pronto Shilkin, cayendo en la cuenta, se puso a cavilar. El joven se sintió muy apurado. Empezó a hacer memoria: Kulikov estaba bastante raro; en un par de ocasiones, A…v parecía haberle susurrado algo, y Kulikov le había hecho un guiño al menos dos veces, eso lo había visto él; en aquel momento todo eso le venía a la cabeza. En Koller también había notado algo: aunque sólo fuera el hecho de que, al separarse de ellos, hubiera empezado a recitarle la lección al recluta, explicándole todo lo que tenía que hacer en su ausencia, y eso no resultaba muy natural, al menos en el caso de Koller. En resumen, cuanto más recordaba Shilkin, mayores eran sus sospechas. Mientras tanto, el tiempo pasaba, los otros no regresaban y su intranquilidad llegaba a un grado extremo. Se daba perfecta cuenta del riesgo que corría en este asunto: las sospechas de los superiores podían volverse hacia él. Podían pensar que había dejado marchar a sus camaradas sabiendo lo que ocurría, habiendo llegado a un acuerdo con ellos, y, si tardaba en comunicar la desaparición de Kulikov y A…v, tales sospechas cobrarían mayor verosimilitud aún. No había tiempo que perder. Se acordó en ese momento de que últimamente Kulikov y A…v andaban siempre juntos, cuchicheaban a menudo y paseaban frecuentemente por detrás de los barracones, lejos de todas las miradas. Recordó que ya anteriormente había pensado algo acerca de ellos… Dirigió una mirada inquisitiva a su escolta: estaba bostezando, apoyado en su arma, y con total inocencia se hurgaba la nariz con el dedo, de modo que Shilkin no se dignó siquiera a transmitirle sus reflexiones, sino que sencillamente le dijo que le siguiera hasta el taller de ingenieros. En el taller había que preguntar si ellos habían estado allí. Pero resultó que nadie les había visto. Todas las sospechas de Shilkin se aclararon: «En el caso de que hubieran ido sencillamente al arrabal a beber y a divertirse, cosa que Kulikov hacía de vez en cuando —pensaba Shilkin—, las cosas no habrían discurrido de este modo». Se lo habrían dicho, porque no valía la pena ocultárselo. Shilkin dejó el trabajo, y sin pasar por el barracón, fue directamente a la prisión.