Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta En los últimos tiempos disfruté de más ventajas que en todos los años de presidio. Descubrí que tenía conocidos entre el personal militar de esa ciudad, algunos de los cuales eran viejos compañeros de escuela. Reanudé las relaciones con ellos. A través de ellos pude conseguir más dinero, escribir a mi familia e incluso tener libros. Llevaba ya varios años sin leer un solo libro, y es difícil transmitir la extraña y a la vez emocionante sensación que me produjo la lectura de mi primer libro en prisión. Recuerdo que empecé a leerlo al atardecer, con el barracón ya cerrado, y me pasé toda la noche leyendo, hasta el alba. Se trataba de un número de una revista. Fue como si un mensaje de otro mundo me llegara volando; toda mi vida anterior estaba ahí ante mí, brillante y luminosa, y yo intentaba adivinar según iba leyendo: ¿me habré alejado mucho de esa vida?, ¿habrán vivido mucho allí sin mí?, ¿qué les inquieta ahora?, ¿qué problemas intentan resolver? Le daba mil vueltas a cada palabra, leía entre líneas, me esforzaba por encontrar sentidos ocultos, alusiones al pasado; intentaba descubrir las huellas de todo aquello que antes, en mis tiempos, había preocupado a la gente, y qué amargo me resultaba comprobar hasta qué punto esa nueva vida me era ajena y saber que yo ya no pertenecía a ese mundo. Tendría que acostumbrarme a todo lo nuevo, trabar conocimiento con una nueva generación. Me lancé con especial avidez sobre un artículo a cuyo pie había encontrado un nombre conocido, de una persona que, antes, me era cercana… Pero ya sonaban también los nuevos nombres: aparecían nuevos protagonistas, y yo me afanaba por conocerlos, y me fastidiaba mucho tener tan pocos libros en perspectiva y que me fuera tan difícil conseguirlos. Antes, con el antiguo mayor, era incluso peligroso introducir libros en el penal. En caso de registro, preguntaban sin falta: ¿De dónde proceden estos libros?, ¿dónde los has cogido?, ¿así que tienes relaciones?… ¿Y qué podía responder yo a esas preguntas? De ese modo, viviendo sin libros, yo me encerraba sin querer cada vez más en mí mismo, me hacía preguntas, intentaba responderlas, a veces me atormentaban… Pero ¡no hay forma de explicar todo eso!