Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Había ingresado en prisión en invierno, y por tanto debía salir en libertad también en invierno, el mismo mes y el mismo día en que había llegado. Con qué impaciencia estuve esperando el invierno, con qué placer miraba a fines del verano cómo amarilleaban las hojas de los árboles y perdía color la hierba de la estepa. Por fin pasó el verano, empezó a aullar el viento del otoño; aquí estaban ya revoloteando las primeras nieves… ¡Al fin llegó ese invierno, tanto tiempo esperado! A veces, el corazón me empezaba a latir con violencia, dando golpes sordos, al presentir la libertad con tanta fuerza. Pero, cosa curiosa, cuanto más corría el tiempo y el plazo se acercaba, con más calma, cada vez con más calma, me lo tomaba yo. Cerca ya de los días finales, llegué a asombrarme y me lo reprochaba: me parecía que me había vuelto totalmente frío e indiferente. Muchos reclusos, al encontrarme en el patio en los ratos de descanso, venían a mí para felicitarme:

—Así que sale libre, amigo Alexánder Petróvich; dentro de nada libre. Nos va a dejar aquí, solos, desamparados.

—Y a usted, Martynov, ¿también le queda poco? —respondía.

—¡A mí! ¡Mejor ni hablar! Siete años todavía por delante…


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