Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Y suspira, se detiene, y mira distraído, como buscando el futuro con la mirada… Sí, muchos me felicitaban de todo corazón, con alegría. Era como si todos se hubieran vuelto más amables conmigo. Por lo visto, yo ya no era uno de ellos; se estaban despidiendo de mí. A K…czynski, de la nobleza polaca, un joven tranquilo y dócil, le gustaba mucho, como a mí, pasear por el patio en su tiempo libre. Pensaba que el aire fresco y el ejercicio le permitían conservar la salud y recuperarse de todo el daño que causaban las noches sofocantes en los barracones. «Estoy esperando su marcha con impaciencia —me dijo sonriente una vez, al encontrarnos durante el paseo—; cuando usted salga, yo sabré entonces que me queda justamente un año hasta mi salida».
Quisiera comentar, de paso, que, como consecuencia de nuestra tendencia a soñar y de la larga privación, en prisión la libertad nos parecía más libre que la verdadera libertad, tal y como ésta es de hecho en la realidad. Los reclusos tenían una idea exagerada de la libertad real, y esto era algo muy natural, inherente a todo recluso. Cualquier ordenanza zarrapastroso era considerado allí poco menos que un rey; era casi el ideal de hombre libre en comparación con los presidiarios, sencillamente porque iba sin rapar, sin grilletes y sin escolta.