Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta La víspera del último día, en el crepúsculo, recorrí por última vez todo el presidio a lo largo de la empalizada. ¡Cuántos miles de veces habría recorrido esta empalizada en todos estos años! Aquí, detrás de los barracones, había errado durante mi primer año, solo, desamparado, hundido. Recuerdo que entonces me dedicaba a contar cuántos miles de días me quedaban. ¡Señor, qué lejos quedaba aquello! Aquí, en este rincón, estuvo cautiva nuestra águila; aquí me esperaba a menudo Petrov. Tampoco ahora se alejaba de mí. Se acercaba corriendo y, como si me leyera el pensamiento, marchaba en silencio a mi lado, dando la impresión de que algo, para sus adentros, le sorprendía. Me despedía sin palabras de las ennegrecidas paredes de madera de nuestros barracones. Qué poco acogedoras me parecieron entonces, al principio. Sin duda, ellas también habían envejecido en este tiempo, pero yo no lo había notado. ¡Y cuánta juventud había sido inútilmente sepultada entre estas paredes, cuántas fuerzas grandiosas habían sucumbido en vano! Porque hay que decirlo todo de una vez: ésta era una gente extraordinaria. Se trataba, tal vez, de la gente mejor dotada, de la gente más fuerte de todo nuestro pueblo. Pero han perecido en vano esas fuerzas poderosas, han perecido de un modo anormal, ilegítimo, irremediable. ¿Y quién es el culpable?
Sí, ¿quién es el culpable?