Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Al día siguiente, muy temprano, antes de la marcha al trabajo, cuando apenas empezaba a amanecer, recorrí todos los barracones para despedirme de todos los reclusos. Muchas manos callosas, poderosas, me fueron tendidas amigablemente. Algunas estrecharon las mías con verdadera camaradería, aunque éstas fueron pocas. Otros ya habían comprendido perfectamente que yo era desde aquel momento un hombre completamente distinto a ellos. Sabían que tenía conocidos en la ciudad, que iría inmediatamente a ver a esos señores y me quedaría con ellos, como su igual. Lo sabían muy bien y, aunque se despidieran de mí con amabilidad, afectuosamente incluso, no se estaban despidiendo de un camarada, ni mucho menos, sino de un señor. Otros me volvían la espalda y se negaban secamente a responder a mi despedida.
Sonó el tambor y todos se marcharon al trabajo, pero yo me quedé. Aquella mañana Sushílov se había levantado antes que nadie para tener tiempo de prepararme el té. ¡Pobre Sushílov! Lloró cuando le regalé mi ropa de presidiario, camisas, protectores para los grilletes y algún dinero. «¡Esto no me hace falta, ninguna falta! —decía, esforzándose por dominar sus labios temblorosos—. A quien pierdo, y cómo, es a usted, Alexánder Petróvich. ¿Qué va a ser ahora de mí, aquí, sin usted?» Por última vez, Akim Akímich y yo nos dijimos adiós.
—¡Pronto le tocará a usted! —le dije.