Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —TodavÃa me queda mucho, muchÃsimo tiempo aquà —murmuró mientras estrechaba mi mano. Me eché a su cuello y nos besamos.
A los diez minutos de la marcha de los reclusos, nosotros dos, el camarada con el que habÃa llegado y yo, salimos del penal, para nunca más volver a él. HabÃa que ir directamente a la herrerÃa para que nos quitaran los grilletes. Pero ya no nos acompañaba un soldado de escolta con su fusil: Ãbamos con un suboficial. Unos compañeros nuestros nos quitaron los grilletes en el taller de ingenieros. Esperé a que se los quitaran a mi camarada, y después me tocó a mà acercarme al yunque. Los herreros me colocaron con la espalda vuelta hacia ellos, me levantaron la pierna por detrás, la pusieron sobre el yunque… Se afanaban por hacerlo lo mejor posible, con toda su destreza.
—¡Ese remache, primero tienes que girar ese remache! —ordenaba el maestro herrero—; colócalo, asÃ, muy bien… Ahora dale con el martillo…
Cayeron los grilletes. Los recogÃ… QuerÃa sostenerlos en las manos, mirarlos por última vez. Me parecÃa asombroso que hubieran estado en mis pies hasta ese mismo instante.
—Venga, ¡id con Dios!, ¡id con Dios! —decÃan los presidiarios con voces entrecortadas, rudas, pero que denotaban cierta satisfacción.