Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Finalmente, me cambiaron los grilletes. Entretanto, aparecieron por el taller varias vendedoras de rosquillas. Algunas eran muchachas muy jóvenes. Hasta que se hacían mayores solían venir con sus rosquillas; las madres las hacían y ellas las vendían. Cuando se hacían mujeres, seguían viniendo, pero ya sin rosquillas: así sucedía casi siempre. Había también algunas que no eran ya niñas. Las rosquillas costaban un grosh, y casi todos los presos las compraban.

Me fijé en un recluso, carpintero, con el pelo ya canoso, pero de cara colorada, que, sonriente, jugueteaba con las vendedoras de rosquillas. Poco antes de llegar ellas se puso al cuello un pañuelo rojo. Una chica gorda y llena de pecas puso en su banco la cesta. Entre ellos se entabló una conversación.

—¿Cómo es que no vinisteis ayer? —preguntó el preso con una sonrisa fatua.

—¡Cómo! Yo vine, pero a vosotros os llamó Mitka —respondió animada la chica.

—Nos llamaron para una faena, si no, habríamos venido sin falta… Pero hace dos días vinisteis todas.

—¿Quiénes?

—Pues vino la Mariashka, vino la Javroshka, vino la Chekundá, vino la Dvugróshovaya[20]

—¿Qué quiere decir eso? —pregunté a Akim Akímich—. ¿Es posible que…?


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker