Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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—Ocurre —me respondió, bajando modestamente los ojos, pues era un hombre muy pudoroso.

Aquello, sin duda alguna, ocurría, pero muy rara vez y con grandísimas dificultades. Por lo general, había más aficionados a la bebida que a eso otro, no obstante el cansancio natural de la vida de un forzado. Era difícil tener relación con las mujeres. Había que escoger hora y lugar, ponerse de acuerdo, fijar una cita, buscar un sitio a solas, lo que era muy difícil, persuadir a los escoltas, lo que era aún más difícil, y, por lo general, gastar mucho dinero, relativamente hablando. Pero, a pesar de todo, tuve ocasión más adelante de ser testigo, a veces, de algunas escenas amorosas. Recuerdo que un día de verano fuimos tres a un hangar a orillas del Irtish, para encender un horno de ladrillos; los soldados de escolta eran buena gente. Finalmente, aparecieron dos «sopladoras[21]», como las llaman los presos.

—¿Por qué habéis tardado tanto? Seguro que estabais con los Zverkov —les salió al paso el recluso al que venían a ver y que las aguardaba desde hacía rato.

—¿Tardar, yo? Está más tiempo una urraca en su palo, que yo con ellos —replicó alegremente la moza.


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