Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Era la mujer más guarra del mundo. Se trataba de la Chekundá. Venía con ella la Dvugróshovaya. Ésta escapaba a cualquier descripción.
—A ti hace tiempo que no te veo —continuó el galán, dirigiéndose a la Dvugróshovaya—. ¿Cómo es que has adelgazado tanto?
—Puede ser. Yo antes estaba así de gorda, y ahora estoy como si me hubiese tragado una aguja.
—¿Estando con los soldados?
—Eso te lo habrá dicho alguna mala lengua. Aunque, a la postre, ¿qué? Te puedes dejar acariciar las costillas para querer a un soldado.
—Dejad a los soldados y veníos con nosotros; tenemos dinero…
Para completar el cuadro, hay que imaginarse al galán, rapado, con grilletes, vestido a rayas y bajo escolta.
Me despedí de Akim Akímich y, tras cerciorarme de que podía regresar al penal, volví con un soldado de escolta. La gente ya iba regresando. Los primeros en volver eran los que trabajaban a destajo. La única manera de obligar a trabajar con ahínco a un preso es fijando las tareas a destajo. A veces la tarea es enorme y, sin embargo, se realiza dos veces más deprisa que si se obligara a hacerla a toque de tambor. Una vez terminada su labor, los presos indefectiblemente regresaban al penal, nadie les detenía.