Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta No comÃan juntos, sino según iban llegando; en la cocina no cabÃan todos a la vez. Probé el schi, pero por falta de costumbre no pude tragarlo y me preparé té. Me senté en un extremo de la mesa. Junto a mà estaba un compañero que, al igual que yo, era noble.
Los presos entraban y salÃan. HabÃa, por lo demás, sitio, pues aún no habÃan vuelto todos. Un grupo de cinco personas se sentó aparte en una mesa grande. El cocinero les sirvió la sopa en dos platos y puso en la mesa una fuente llena de pescado frito. Celebraban algo y comÃan por su cuenta. Nos miraron de reojo. Entró un polaco y se sentó junto a nosotros.
—¡No he estado aquÃ, y lo sé todo! —exclamó gritando un recluso alto, al entrar en la cocina, abarcando con la vista a todos los presentes.
TenÃa unos cincuenta años, estaba flaco y musculoso. En su cara habÃa algo de malicia y era al mismo tiempo alegre. Llamaba particularmente la atención su labio inferior, grueso y prominente; le daba a su semblante un aspecto ciertamente cómico.
—¡Habéis pasado bien la noche!, ¿eh?; entonces, ¿por qué no saludáis? ¡Salud a los nuestros de Kursk! —añadió, sentándose junto a los que comÃan por su cuenta—. ¡El pan y la sal! Recibid a vuestro invitado.
—No somos de Kursk, hermano.
—¿Sois de Tambov?