Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —Tampoco. No vas a sacar nada de nosotros, hermano. Busca a un mujik rico y pÃdele a él.
—Es que traigo la panza vacÃa, como si tuviera dentro a Iván Taskún y a MarÃa Ikótishna[22]. ¿Y dónde vive ese mujik rico?
—Gazin es un mujik rico; búscale.
—Hoy está de juerga, hermanos, Gazin está borracho, se está bebiendo todos sus ahorros.
—Seguro que tiene más de veinte rublos —observó otro—. Ser tabernero da sus ganancias, hermanos.
—Bueno, ¿no me convidáis? Entonces, comeremos el pan y el rancho.
—Vete a pedir té. Mira a aquellos señores.
—¿Qué señores? Aquà no hay señores; ahora, todos son como nosotros —añadió hoscamente el que estaba sentado en un rincón. Hasta entonces no habÃa dicho ni palabra.
—De buena gana tomarÃa té, pero me da apuro pedirlo: uno tiene su amor propio —observó el preso del labio gordo, mirándonos con expresión bonachona.
—Si usted gusta, yo se lo ofrezco —dije, invitándole—. ¿Quiere?
—¿Que si quiero? ¡Cómo no voy a querer! —se acercó a la mesa.
—¿Veis? En casa sólo bebÃa schi en sus lapti, y aquà ha descubierto el té; querÃa una bebida señorial —añadió el preso hosco.