Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Ya dije que los presos siempre tenían trabajo particular y que ese trabajo era una necesidad natural de la vida de presidio; que, aparte de esa necesidad, al preso le gusta con locura el dinero, y lo valora por encima de todo, casi tanto como la libertad, y que se consuela al oírlo sonar en su bolsillo. Por el contrario, se muestra abatido, triste, inquieto y desanimado, si no tiene dinero; entonces es capaz de robar y de hacer cualquier cosa para conseguirlo. Sin embargo, a pesar de que el dinero era tan apreciado en la prisión, no solía durar mucho en poder del afortunado que lo poseía. En primer lugar, era difícil guardarlo para que no lo robaran o requisasen. Si el mayor daba con él, en los registros imprevistos, lo requisaba en el acto. Quizá lo empleaba para mejorar la comida de los presos; en todo caso, se lo llevaba a su casa. Sin embargo, lo más frecuente era que lo robaran; no se podía confiar a nadie. Posteriormente, se descubrió un modo de guardarlo totalmente seguro. Se confiaba a la custodia de un anciano, viejo creyente, que procedía de una villa de Starodub, y que había vivido antes en la isla de Vietka[23]… No puedo dejar de decir algunas palabras sobre él, aunque me aparte de mi asunto.