Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Era un anciano de sesenta años, pequeño y canoso. Me causó una viva impresión desde la primera vez que lo vi. ¡Se parecía tan poco a los demás reclusos! Su mirada reflejaba algo hasta tal punto plácido y sereno que recuerdo con cuánta complacencia miraba yo sus ojos claros y radiantes, rodeados de finas arrugas en forma de rayos. Conversaba con él a menudo, y rara vez he visto en mi vida a un ser tan bueno y bondadoso. Le habían mandado allí por un delito de suma gravedad. Entre los viejos creyentes de Starodub empezaron a surgir conversos a la Iglesia ortodoxa. El gobierno les daba muchos incentivos y empezó a usar todos los medios a su alcance para lograr la posterior conversión de los demás disconformes. El viejo, junto con otros fanáticos, decidió «defender la fe», según él decía. Se comenzó a construir una nueva iglesia «unida» y los viejos creyentes la incendiaron. Acusado de ser uno de los instigadores, nuestro viejo fue condenado a trabajos forzados. Era un comerciante acomodado; en su casa quedaron su mujer y sus hijos. Pero él marchó a la deportación con firmeza, porque en su ceguera la consideraba un «sacrificio por la fe». Habiendo convivido con él durante algún tiempo, uno se hacía esta pregunta: ¿cómo este hombre apacible, manso como un niño, podía ser un rebelde? Hablé con él varias veces de la fe. No cedía ni un ápice en sus convicciones; mas nunca había maldad alguna, ningún odio en sus objeciones. Y, sin embargo, había quemado una iglesia y no se arrepentía. Daba la impresión de que, según sus convicciones, habría que considerar ese acto, y el «sacrificio» derivado de él, como un hecho glorioso. Pero, por más que le examiné y le estudié, nunca percibí en él el menor signo de vanidad o de orgullo. Había también en el penal otros viejos creyentes, en su mayoría siberianos. Era gente muy instruida, mujiks astutos, muy versados en las Escrituras, formales y, a su manera, fuertes dialécticos; gente arrogante, insolente, maliciosa e intolerante en grado sumo. Completamente distinto a ellos era el viejo. Más versado, quizá, que ellos en las Escrituras, evitaba las discusiones. Tenía un carácter extraordinariamente sociable. Era alegre, reía a menudo, no con la risa grosera y cínica de los presos, sino con una risa clara, tranquila, que iba tan bien con las canas y en la que había mucho de ingenuidad infantil. Puede que me equivoque, pero me parece que se puede conocer a una persona por la risa y, si desde el primer momento nos resulta grata la sonrisa de un desconocido, podemos decir sin temor que es una buena persona. En todo el presidio el viejo se había ganado el respeto general, del cual no se vanagloriaba. Los presos le llamaban abuelo y jamás se metían con él. Sólo en parte comprendí la influencia que podía tener sobre sus correligionarios. Pero, a pesar de la aparente entereza con que sobrellevaba su condena a trabajos forzados, albergaba una tristeza profunda e incurable, que procuraba ocultar a todos. Yo vivía en el mismo barracón que él. Una noche, a las dos de la madrugada, me desperté y oí un llanto silencioso y contenido. El viejo estaba sentado en la estufa (la misma en la que antes rezaba por las noches el recluso que leía la Biblia y que quiso matar al mayor) y rezaba en su manuscrito. Lloraba y pude oír cómo, de cuando en cuando, decía: «¡Señor, no me abandones! ¡Señor, dame fuerzas! ¡Mis niños, mis queridos niños, mis pequeños, nunca más nos veremos!». No puedo contar cuánta pena me dio.