Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Pues bien, a ese viejo le fueron entregando poco a poco todos los presos su dinero para que lo guardara. En el presidio, casi todos eran ladrones, pero de pronto todos se convencieron de que el viejo era incapaz de robar. Sabían que él escondía en algún lugar el dinero que le daban, pero en un sitio tan recóndito que nadie podía descubrirlo. Más adelante, a mí y a algunos polacos nos confió su secreto. En una de las estacas de la empalizada había salido un nudo que, al parecer, estaba firmemente unido al árbol. Pero él consiguió sacarlo y quedó al descubierto un hueco grande. En él ponía el abuelo el dinero, y luego tapaba el nudo, a fin de que nadie pudiera sospechar nunca nada.