Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Pero me he apartado del relato. Me había quedado en por qué no duraba mucho tiempo el dinero en el bolsillo de los presos. Pero, aparte de lo difícil que resultaba guardarlo, ¡había tanta nostalgia en el penal! Un preso es, por naturaleza, un ser sediento de libertad y, por su situación social, tan voluble y desordenado que, de pronto, se ve naturalmente arrastrado a «atracarse de todo», gastar de una vez todo su capital, con bulla y música, a fin de olvidar, aunque sólo sea un momento, su nostalgia. Resultaba extraño ver cómo alguno de ellos trabajaba sin levantar cabeza, a veces durante meses enteros, únicamente para gastar en un solo día todas sus ganancias, hasta quedarse sin blanca, y luego, de nuevo, matarse a trabajar durante meses, a la espera de una nueva juerga. Muchos gustaban de vestirse con ropa nueva, invariablemente de aspecto civil: pantalones negros, podiovka[24], pelliza siberiana. Se llevaban mucho las camisas de algodón y los cinturones con hebillas de bronce. Se engalanaban para la fiesta y se paseaban por todos los barracones, exhibiéndose delante de todo el mundo. La satisfacción de ir bien vestido rayaba en lo pueril; los presos eran, en muchas cosas, verdaderos niños. Es verdad que todas esas lindas prendas les desaparecían de pronto a sus dueños, y a veces esa misma tarde las empeñaban o las vendían a un precio irrisorio. Por lo demás, las juergas se sucedían sin parar. Se solían celebrar en los días festivos o en el día del santo. El preso que celebraba su santo se levantaba temprano, ponía un cirio ante el icono y rezaba; luego se engalanaba y encargaba la comida. Se compraba carne de vaca, pescado, se hacía pelmeni[25] de Siberia. Comía como un buey, casi siempre solo, rara vez invitaba a un compañero a compartir su mesa. Después, aparecía el vodka: el que celebraba su santo se emborrachaba como una cuba e invariablemente iba por los barracones haciendo eses y tropezando, esforzándose por demostrarles a todos que estaba borracho, que andaba «de juerga», y merecer con ello la estima general. En todas partes el pueblo ruso siente cierta simpatía por los borrachos; en el presidio incluso se reverenciaba a los juerguistas. Las juergas del penal tenían, a su modo, algo de aristocrático. Una vez alegre, el preso infaliblemente alquilaba la música. Había en el presidio un polaco, un soldado desertor, muy repugnante, pero que tocaba el violín y que, por toda fortuna, tenía uno propio. No tenía ningún oficio y su única fuente de ingresos era alquilarse a los juerguistas para tocarles danzas alegres. Su tarea consistía en seguir constantemente a su borracho amo de barracón en barracón y tocar el violín con todas sus fuerzas. Con frecuencia aparecían en su rostro el aburrimiento y la angustia. Pero al grito de «Toca, para eso te pagué», seguía tocando y tocando. El preso, al comenzar una juerga, podía estar seguro de que, si bebía demasiado, alguien se ocuparía de él, le acostaría a tiempo y le escondería en alguna parte en caso de que apareciera algún jefe, todo ello de manera desinteresada. Por su parte, el suboficial y los inválidos que vivían en el penal para mantener el orden podían estar también completamente tranquilos: el borracho no podía causar ningún desorden. Todo el barracón estaba pendiente de él y, si alborotaba o armaba escándalo, enseguida le calmaban y, si hacía falta, sencillamente le ataban. De ahí que los mandos subalternos hicieran la vista gorda con las borracheras y se desentendieran de ellas. Pero ¿de dónde venía el vodka?