Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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El vodka se compraba en el presidio a los llamados taberneros. Había varios, y su negocio era continuo y lucrativo, a pesar de que los bebedores y los «juerguistas» eran generalmente pocos, porque para la juerga hacía falta dinero y a los reclusos les resultaba difícil conseguirlo.

El negocio comenzaba, se mantenía y acababa de un modo bastante original. Supongamos que un preso no tenga oficio alguno, no quiera trabajar (los había así), pero quiera tener dinero, y que sea, además, una persona impaciente que desee enriquecerse rápidamente. Tiene algún dinero para empezar, y decide dedicarse al comercio del vodka: empresa atrevida, que conlleva grandes riesgos. Podría suceder que pagara con su espalda y perdiera de golpe la mercancía y el capital. Pero el tabernero asume el riesgo. Al principio tiene poco dinero, y por eso la primera vez lleva él personalmente el vodka al presidio y, naturalmente, lo vende de manera lucrativa. Repite la operación por segunda y tercera vez, y, si no le descubren, hace dinero rápidamente y sólo entonces monta un verdadero negocio sobre una base sólida: se hace patrono, capitalista, mantiene agentes y ayudantes, corre menos peligro, y gana cada vez más. Se arriesgan por él sus ayudantes.



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