Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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En el penal siempre hay mucha gente que derrocha, juega o bebe hasta el último kopek, gente sin oficio, harapienta y miserable, pero dotada hasta cierto punto de osadía y decisión. Tales individuos sólo poseen como capital su propia espalda, que aún puede servirles para algo. Pues bien, el juerguista arruinado decide poner en circulación ese último capital. Va a ver al empresario y se le ofrece para pasar vodka al presidio; el rico tabernero tiene algunos de esos empleados. En alguna parte, fuera del penal, hay alguien —un soldado, gente llana, una muchacha— que con el dinero del empresario y a cambio de cierta gratificación, relativamente grande, compra vodka en una bodega y lo esconde en algún rincón apartado adonde los presos van a trabajar. Casi siempre el proveedor comprueba primero la calidad del vodka y rellena descaradamente lo que se ha bebido con agua. Se quiera o no, el preso no puede ser demasiado exigente: está bien si no pierde todo su dinero y le proporcionan el vodka; sea lo que sea, siempre será vodka. Al proveedor se le presentan con tripas de buey los portadores designados de antemano por el tabernero del presidio. Estas tripas primero se lavan, luego se llenan de agua y, de ese modo, conservan su humedad y elasticidad originales para, al cabo de un tiempo, ser aptas para contener el vodka. Una vez vertido el vodka en las tripas, el preso se las enrolla por el cuerpo y, en la medida de lo posible, en las partes más ocultas. Ahí, claro está, se pone de manifiesto toda la destreza y la astucia de ladrón del contrabandista. En cierto modo, su honor está en juego: tiene que engañar a los soldados de la escolta y a los de la guardia. Los engaña: el buen ladrón siempre sorprende al soldado de escolta, a veces un joven recluta, en un descuido. Como es de suponer, se le estudia de antemano. También se toman en consideración la hora y el lugar de trabajo. El recluso que, por ejemplo, es fumista se encarama a lo alto de un horno. ¿Quién ve lo que hace? El escolta no sube tras él. Cuando se acerca al presidio, lleva en la mano una moneda de plata de quince o veinte kopeks, por si acaso, y espera al cabo junto al portalón. Todo preso que regresa del trabajo es registrado y cacheado por el cabo de guardia antes de abrirle el portalón del presidio. El contrabandista suele confiar en que sientan reparos a la hora de cachearle minuciosamente ciertas partes del cuerpo. Pero a veces un cabo sagaz llega hasta esas partes y pone la mano en el vodka. Entonces queda un último recurso: el contrabandista, calladamente y a hurtadillas del escolta, desliza en la mano del cabo la moneda que llevaba en la suya. Sucede que, por efecto de dicha maniobra, entra sin contratiempo en el presidio y pasa la mercancía. Pero a veces la maniobra no sale bien, entonces tiene que rendir cuentas con su último capital: su espalda. Dan parte al mayor, fustigan el capital y lo fustigan dolorosamente, confiscan el vodka, y el contrabandista carga con todo sin delatar al patrono; pero, señalémoslo, no porque le repugne la delación, sino únicamente porque no sacaría provecho de ella: a él, de todos modos, le fustigarían; y su único consuelo estribaría en que les fustigarían a los dos. Pero el patrono sigue siendo necesario para él, aunque, según es costumbre y por acuerdo previo, por los latigazos en la espalda el pasador no recibe del empresario ni un solo kopek. Por lo que se refiere a las denuncias en general, suelen abundar. El delator no está sujeto en el presidio a la menor humillación; la indignación contra él es, incluso, impensable. No le rehúyen, le tratan amistosamente, hasta tal punto que, si alguien quisiese demostrar en el presidio la vileza de la delación, nadie le entendería. El preso de la nobleza, vil y despreciable, con el que rompí toda clase de relaciones, tenía amistad con el asistente del mayor, Fedka, y le servía de espía: el otro comunicaba al mayor todo lo que éste había oído sobre los presos. Todos lo sabían y a nadie se le ocurrió jamás castigarle, ni siquiera reprocharle nada.


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