Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Desde los primeros días de mi vida penitenciaria, un joven recluso, muy guapo mozo, despertó en mí una curiosidad especial. Le llamaban Sirotkin. Era una criatura bastante enigmática en muchos sentidos. Ante todo, me maravilló su bello rostro; no tendría más de veintitrés años. Se hallaba en la sección especial, es decir, la de los condenados a cadena perpetua, y, por consiguiente, estaba considerado uno de los mayores criminales militares. Tranquilo y sumiso, hablaba poco, rara vez sonreía. Tenía ojos azules, facciones regulares, rostro imberbe y delicado, cabello castaño claro. La cabeza rapada a medias apenas le afeaba: tan guapo era el muchacho. No tenía oficio alguno, pero conseguía dinero: poco, pero con frecuencia. Era ostensiblemente perezoso y andaba mal vestido, excepto cuando alguien le facilitaba alguna buena prenda, incluso una camisa roja; entonces Sirotkin se mostraba visiblemente contento con la ropa nueva; recorría los barracones luciéndose. No bebía, no jugaba a las cartas, apenas discutía con nadie. Solía andar por detrás de los barracones, con las manos en los bolsillos, sereno y pensativo. En qué podía pensar es algo difícil de imaginar. Si alguna vez alguien le llamaba y, por curiosidad, le hacía alguna pregunta, él le respondía de inmediato e incluso respetuosamente, no a la manera de los presos, sino siempre de modo breve y lacónico; y le miraba como un niño de diez años. Cuando tenía dinero no se compraba nunca nada necesario, no daba a arreglar la pelliza, ni se procuraba botas nuevas, sino que compraba una rosquilla, un dulce, y lo saboreaba… como si fuera un niño de siete años. «¡Eh, tú, Sirotkin! —le solían decir los presos—. ¡Eres el huerfanito del presidio!»[26] En las horas libres solía deambular por los demás barracones; casi todos estaban ocupados en su labor particular, y él era el único que no hacía nada. Si le decían algo, casi siempre en son de broma (a menudo se reían de él y de sus camaradas), él, sin mediar palabra, se daba la vuelta y se marchaba a otro barracón; y a veces, cuando le gastaban demasiadas bromas, se sonrojaba. Con frecuencia yo pensaba: «¿Por qué esta criatura tan sumisa e ingenua se encuentra en el penal?». Una vez estuve enfermo y fui ingresado en el hospital, en la sala de los presos. Sirotkin también estaba ingresado allí, y tenía su cama junto a la mía. No sé cómo, una tarde entablé conversación con él y me contó, a propósito de algo, cómo le enviaron al ejército, cómo lloraba su madre al despedirse de él y cuán duro había sido para él el campamento. Añadió que no podía soportar en absoluto la vida de recluta: allí todos eran severos y duros, y los jefes casi siempre estaban descontentos de él.


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