Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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—Mi madre, es verdad, me quería mucho. Cuando marché a filas cayó enferma y, según me contaron, no volvió a levantarse… Al final, estaba harto de estar allí. El capitán me había tomado manía, me castigaba por todo… ¿y por qué? Yo obedezco a todos, llevo una vida ordenada; no bebo vodka, voy a lo mío; y eso, Alexánder Petróvich, es mal asunto, el que un hombre vaya a lo suyo. Todos los que me rodeaban eran unos desalmados, y no había dónde llorar. A veces te ibas a un rincón y te echabas a llorar. Un día estaba de guardia. Era ya de noche; me habían puesto de centinela, en el cuerpo de guardia, en la armería. Hacía viento: era otoño, y estaba tan oscuro que no se veía nada. ¡Me sentía tan asqueado! Bajé el fusil del hombro, le quité la bayoneta y la puse a un lado; me quité la bota del pie derecho, coloqué el cañón en mi pecho y con el dedo gordo del pie apreté el gatillo. Miro… ¡disparo fallido! Repasé el fusil, limpié el oído, puse pólvora nueva, ajusté la piedra y coloqué otra vez el cañón en mi pecho. Pero ¿qué pasa? La pólvora estalló, pero el tiro no salió. ¿Qué significa esto?, pienso. Cogí el fusil, me puse la bota, calé la bayoneta y en silencio me puse a dar los pasos reglamentarios de la guardia. En aquel instante decidí hacerlo: pase lo que pase, se acabó el servicio militar. A la media hora se presentó el capitán, que iba haciendo la ronda. Vino derecho a mí: «¿Es así como se hace la guardia?». Cogí el fusil y le clavé la bayoneta hasta el cañón. Cuatro mil baquetazos y a la sección especial…


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