Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Ese Gazin era un ser terrible. Producía en todos una impresión espantosa, horrible. Siempre me pareció que no podía haber nada más feroz y monstruoso que él. Yo había visto en Tobolsk al bandido Kámenev, famoso por sus fechorías; luego vi a Sokolov, un preso pendiente de juicio, desertor y horrible asesino. Pero ninguno de ellos me produjo una impresión tan repugnante como Gazin. A veces imaginaba que tenía ante mí una araña enorme, gigante, con forma humana. Era tártaro; terriblemente fuerte, más fuerte que todos los del penal; de estatura mayor que la media, complexión hercúlea, con una cabeza deforme, desproporcionadamente grande; andaba encorvado, con la mirada baja. En el presidio corrían rumores extraños sobre él; se sabía que era militar; pero los presos comentaban entre sí, no sé si con razón, que había desertado de Nerchinsk; había sido deportado a Siberia más de una vez; más de una vez se había escapado, había cambiado de nombre y finalmente había ido a parar a nuestro penal, a la sección especial. También contaban que antes le gustaba matar niños pequeños, sólo por placer: llevaba al niño a un lugar propicio, de entrada le asustaba y le atormentaba, y tras deleitarse con el espanto y el temblor de la pobre víctima, la degollaba suavemente, lentamente, con fruición. Todo esto, quizá, eran invenciones, derivadas de la repugnancia que Gazin inspiraba a todos, pero todas esas invenciones le iban bien a su rostro, parecían propias de él. Sin embargo, en el penal se comportaba, cuando no estaba borracho, de modo muy discreto. Siempre estaba tranquilo, no discutía con nadie y evitaba las disputas, pero daba la impresión de que lo hacía por desprecio a los demás, como si se considerase por encima de ellos. Hablaba muy poco y parecía ser deliberadamente poco comunicativo. Todos sus movimientos eran lentos, tranquilos, seguros. En sus ojos se veía que no era nada tonto, sino muy astuto; pero algo cruel y burlón se reflejaba siempre en su cara y en su sonrisa. Se dedicaba al comercio de vodka y era uno de los taberneros más acomodados. Pero un par de veces al año le tocaba emborracharse y entonces se hacía patente toda la ferocidad de su naturaleza. Se emborrachaba poco a poco, empezaba provocando a la gente con las burlas más maliciosas, pensadas y preparadas desde hacía mucho tiempo; por último, completamente borracho, se ponía hecho una furia, sacaba el cuchillo y arremetía contra la gente. Los presos, que conocían su tremenda fuerza, le evitaban y se escondían; él arremetía contra el primero que encontraba. Pero pronto dieron con el medio de hacerle entrar en razón. Diez hombres de su barracón se abalanzaban a la vez sobre él y se ponían a pegarle. Es imposible imaginar algo más cruel que aquella lucha: le golpeaban en el pecho, debajo del corazón, en la boca del estómago, en el vientre; durante un buen rato no paraban de golpearle, hasta que perdía el conocimiento y se quedaba como muerto. A otro no se hubiesen atrevido a pegarle así; le habrían matado, pero a Gazin no. Después de la paliza, completamente sin conocimiento, lo cubrían con un chaquetón y lo llevaban al camastro. «Ya se recuperará», decían. Y, en efecto, a la mañana siguiente se levantaba casi sano y, callado y con cara de pocos amigos, se iba al trabajo. Cada vez que Gazin se emborrachaba, todo el mundo sabía que la jornada acabaría, inevitablemente para él, con una paliza. Él también lo sabía y, sin embargo, se emborrachaba. Así sucedió durante varios años. Finalmente, observaron que Gazin empezaba a decaer. Se quejaba de diversos males, había adelgazado ostensiblemente; iba cada vez con mayor frecuencia a la enfermería… «¡Se ha rendido!», decían los presos para sus adentros.


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