Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Al ver que habíamos decidido estar callados y no hacerle caso, enrojeció y tembló de rabia. Junto a él, en un rincón, había un gran cesto lleno de pan cortado para la comida y la cena de los presos. Era tan enorme que en él cabía pan para medio presidio; ahora estaba vacío. Gazin lo asió con ambas manos y lo levantó por encima de nosotros. Un poco más, y nos habría machacado la cabeza, pese a que el homicidio o el intento de homicidio implicaba excepcionales molestias para los reclusos: empezaban las indagaciones, los registros, se adoptaban medidas severas, y por eso los presos procuraban con todas sus fuerzas no llegar hasta tales extremos. Todos estaban ahora callados, esperando a ver qué pasaba. ¡Ni una sola palabra en defensa nuestra! ¡Ni un solo grito a Gazin! ¡Tan grande era el odio que nos tenían! Por lo visto, a ellos les complacía vernos en peligro… Pero todo acabó bien: justo cuando quería estamparnos el cesto, alguien gritó desde la entrada:
—¡Gazin! ¡Te han robado el vodka!…
Tiró el cesto al suelo y salió como un loco de la cocina.
—¡Dios les ha salvado! —decían entre sí los presos. Y mucho tiempo después todavía lo decían.
No pude saber luego si aquella noticia del robo del vodka era cierta o la inventaron a propósito para salvarnos.