Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Por la tarde, cuando ya había oscurecido, poco antes del cierre de los barracones, fui a dar una vuelta por la empalizada y una pesada tristeza me embargó el alma. Nunca volví a sentir tal tristeza en toda mi vida de presidio. Es duro sobrellevar el primer día de reclusión, dondequiera que sea: en una cárcel, en un cuartel, en un penal… Pero recuerdo que, más que nada, me preocupaba una idea que luego me perseguiría obsesivamente todo el tiempo de mi vida en el presidio; una idea en parte sin solución y sin solución para mí todavía hoy: la de la desigualdad de las penas para un mismo delito. Es cierto que no se puede comparar un crimen con otro, ni siquiera de manera aproximada. Por ejemplo: fulano y mengano matan a un hombre; se toman en consideración todas las circunstancias de ambos casos; y uno y otro obtienen casi la misma pena. Y, sin embargo, ved qué diferencia hay entre los dos crímenes. Uno, por ejemplo, degolló a un hombre por nada, por una cebolla: salió a un camino, degolló a un mujik que pasaba por allí y sólo llevaba encima una cebolla.
—¡Vaya, bátiushka[27]! Tú me enviaste a buscarme la vida: he degollado a un mujik y sólo le he encontrado una cebolla.
—¡Imbécil! ¡Una cebolla vale un kopek! ¡Cien almas, cien cebollas, y ya tienes un rublo! (leyenda del presidio).