Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Otro mató para proteger de un tirano lujurioso el honor de su novia, hermana, hija. Uno mató porque era un vagabundo y estaba asediado por todo un regimiento de policías, para defender su libertad, su vida, y no pocas veces medio muerto de hambre; y el otro degolló a niños pequeños por el placer de matar, de sentir en sus manos su sangre caliente, complaciéndose con su terror, con su último estertor bajo el cuchillo. ¿Y qué? Uno y otro van a parar al mismo presidio. Cierto es que hay variaciones en la duración de las penas impuestas. Esas variaciones son relativamente pocas; pero la variación entre una y otra clase de crimen es infinita. Cada persona es una variación. Admitamos que es imposible conciliar o nivelar esta diferencia, que, a su modo, es un problema insoluble —la cuadratura del círculo—; admitámoslo. Pero, incluso si no existiera esta desigualdad, fíjense en otra diferencia, en la diferencia en las consecuencias de la pena… He aquí a un hombre que en el presidio se marchita, se consume como una vela; y aquí está este otro que, hasta que ingresó en el penal, ni siquiera conocía la existencia de una vida tan alegre, de un club tan agradable de bravos camaradas. Sí, también los hay así en el penal. He aquí, por ejemplo, una persona instruida, con una conciencia desarrollada, juiciosa, con corazón. El solo dolor de su propio corazón le atormentará hasta matarle, antes que cualquier pena que le haya sido impuesta. A sí mismo se juzga, por su crimen, más implacable y más despiadadamente que la ley más cruel. A su lado hay otro que ni siquiera una vez pensará, a lo largo de toda su vida carcelaria, en el homicidio que cometió. Incluso se considera inocente. Y los hay también que cometen expresamente un crimen con el solo propósito de ir a prisión y librarse así de una libertad incomparablemente más forzada que el presidio. Allí vivían en el último grado de la humillación, nunca comían lo suficiente y trabajaban para su amo desde la mañana a la noche; mientras que, en el presidio el trabajo es menos duro, hay doble ración de pan, además, de un pan como nunca han probado, y los días festivos, carne de vaca; hay limosnas, y existe la posibilidad de ganar algunos kopeks trabajando. ¿Y los que le rodean? Pues es gente lista, diestra, que sabe de todo. Mira a sus compañeros con respetuoso asombro; nunca ha visto a gente semejante; les considera como la más alta sociedad que puede existir en el mundo. ¿Acaso estos dos hombres sienten la pena de igual manera?


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